Y entonces vi el infinito.
Tendida entre las hojas del arce, con el presente sentado junto a mí. Me acerqué a él y nos abrazamos. Los pétalos de los cerezos descendían lentamente, posándose sobre nuestros cuerpos adolescentes.
El prado empezó a doblarse, y notaba a mi amado presente cada vez más cerca de mí. Los recuerdos de infancia empezaron a venirme a la mente, recorriendo mi piel, bajando por el brazo hasta guardarlo en el puño.
¿Qué se hizo de aquellos días de inocencia, donde contemplar el cielo era hallar la máxima felicidad?
Abrazar la corteza de un árbol era como sentir un cuerpo de príncipe azul contra mi cuerpo. Y así, besando su piel, me elevaba hacia el castillo de sol que había sobre sus dedos.
(en este momento de repentina inspiración, el escritor explota, expulsando fluidos gástricos por doquier. A los de la editorial les da mucho asco y vomitan. Después pasaron las mujeres de la limpieza a dejarlo todo como los chorros del oro, pero el “Silit Bank” descompuso sus carnes, dejando al descubierto sus huesos amarillentos y curvos de agacharse al limpiar suelos grasientos de discotecas oxidadas). FIN
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