martes, 3 de junio de 2008

Dietrich loves preety

Secretos de entre las cortinas del bacón olvidado, velados, perdidos junto a la inocencia, disolutos bajo el manto de vello.
Era una mañana parecida a ésta, las calles eran azul-gris y no se oía más que el canto de los gallos salvajes del patio de los gitanos de atrás y el leve murmuro de indefinidos zapatos al frotar el pavimento helado. Nadie osaba hablar ante semejante paisaje de devastación psicológica; solo los aventureros se atrevían a quitarse la camisa y los pantalones, mostrando sus vicios y sus remedios, para rodar una película porno. Ni los semáforos se atrevían a cambiar de color ante dicho paisaje de hielo atenazado.
Yo estaba sentada en el living, con mi aire de distraída y alienada que me caracteriza, con un País semanal delante de la cara, haciendo con los ojos como si leyera, sumida en pensamientos que simplemente no están. Dame tus manos, ven...
En el tocadiscos, una boca de acento peculiar pronunciaba poesías de amor. Toma las mías...
-Oye, ¿por qué hoy no dices ni pío?
-No es nada...
Que te voy a confiar...
-Vamos, dímelo
-Que no, que te digo que no es nada.
Las ansias mías
-¿Es que ya no me quieres?
-No seas tonta mujer, claro que sí.
Son tres palabras, solamente...
-Entonces... ¿qué es?
-...
Mis angustias
-Mírame a los ojos, quiero que me digas la verdad. ¿Tienes una amante?
-Quién te ha dicho eso.
-Eso no importa, la tienes o no
Y esas palabras son:

-Sí
Como me guustas


En algún lugar, se respira otro aire. De momento, solo puedo esperar a que una corriente traiga una brizna de ese ambiente a donde yo estoy.

Oye la confesión
de mi secreto,
nace de un corazón
que está desierto.
Con tres palabras
te diré todas mis cosas;
cosas del corazón
que son preciosas.
Dame tus manos ven...

Lástima que los mundos que imaginamos o que nos pintan tan bonitos solo sean eso. [Puestos a lamentarnos...]: Llaman a la puerta, es una anciana de noventa y tantos años, con profundas arrugas que custodian su cara y velan sus ojos, que perdió a su hija la semana pasada por ser violada por unos marines psicópatas destrozahogares; su marido murió en sus brazos de hambre y de pena. No le conceden la jubilación (aún y haber trabajado más años de los que requería). Tiene que cuidar de su nieto, que tiene la lepra; y necesita encontrar alguna madre lactante dispuesta a darle de mamar. Le embargaron la casa por no pagar la hipoteca y ahora vive en la calle, en cajas sangrientas de cartón olvidado, con la única compañía de un cadáver que respira y un perro de dos cabezas.
-Váyase, no puedo ayudarla.
Y así, la mujer se va, ya acostumbrada, cargando la pena y la muerte sobre su quebradizo cuerpo de esqueleto. Al cerrar la puerta, la protagonista se gira. Entonces me ve a mí, y la pido que se siente.
-Oye, ¿cómo te atreves a tomar estas libertades?
-Lo siento... pero ahora no estaba de humor para iniciar un diálogo.
-Eh, vamos a aclarar una cosa. El escritor soy yo, tú limítate a hacer lo que yo te diga.
-Sí pero...
-Qué
-¿Quién te ha nombrado Dios?
-No me creo Dios, pero tú acabas de cerrar el transcurso de la historia que tenía pensado para el guión.
-¿Y yo no puedo acaso colaborar?
-Sí, pero no sin diálogo.
-Simplemente no tenía ganas de hablar.
-Lo sé.
[...]
-¿Por qué me haces sufrir?
-No lo sé. Puede que... en realidad proyecte mi sufrimiento sobre un ser imaginario para no hacer daño a nadie, y no hacérmelo a mí.
-¿IMAGINARIO?
-Sí
-Entonces... ¿no existo?
-En parte sí. Existes en mí. Y en el lector.
-Por eso...
-Por eso no puedes tomar decisiones por ti misma.
-Entiendo...

-Ala, sigamos con el “plan B”
-Vale.

(hummm, se me ha olvidado...) En fin: deus ex maquina y a tomar pol culo.

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